La requisa


Muchos son los recuerdos que nos vienen a la memoria de nuestros días de reclusión en esta Cárcel de Mujeres de Cabildo. Por lo general, la gente tiene la idea de que la persona privada de libertad pasa las 24 horas del día tirada en una cama lamentándose de su situación. En el caso de las detenidas políticas esto nunca fue de esa manera. Siempre tuvimos una vida planificada dentro de ese mundo que nos estaba tocando vivir. Teníamos una rutina planificada por nosotras dentro de lo que nos estaba permitido hacer. Esto en un principio no era mucho. Los recreos, la tenencia de herramientas para hacer manualidades, ir a la cocina y hacer nuestra propia comida, tener libros, etc., etc., fueron reivindicaciones reclamadas y obtenidas con mucho esfuerzo de nuestra parte. La cárcel, siempre fue un frente de lucha para nosotras. Había que dialogar mucho cuando se podía, estar siempre alerta al mínimo cambio de actitud en nuestros custodias, pues esto nos daba idea de cuál era la situación política del momento y como repercutiría sobre nosotras.

Yo me voy a referir en particular a la importancia que tenían para nosotras los libros. Los libros, para el preso político tienen una enorme importancia. Son la herramienta que les permite estudiar, los mantiene informados, despiertan la imaginación, hacen surgir ideas, dan posibilidad de recordar, conocer y aprender, liberar nuestras emociones: alegría, tristeza, miedo, etc., etc. Nos mantiene ocupados, entretenidos. Nos permiten conocernos mejor a nosotros mismos. La lectura, es una actividad que se puede hacer compartida. Estas son algunas de las cosas, dentro de tantas, que se me ocurre enumerar para dar la dimensión del valor que tenían para nosotras los libros. No fue tarea fácil en ninguna cárcel tener acceso a los libros.

Cuando se lograba que dejasen entrar libros, por supuesto que no podía ser cualquiera, siempre pasaban por una previa censura. Nada de libros con contenido político, autores latinoamericanos de izquierda, historia de la guerra civil española. Ninguno de los libros cuyos autores habían sido censurados por la dictadura. Por otro lado, esto era totalmente arbitrario en cada lugar de reclusión.

Los familiares eran quienes aportaban los libros con indicaciones dadas por nosotras. Estos libros eran censurados por los funcionarios policiales los cuales contaban con determinadas indicaciones sobre autores y temas. Los libros permitidos entrar eran sellados con el título de Censurado. Teníamos una celda que era la encargada de la biblioteca donde estaban todos los libros. Teníamos un catálogo en el cual figuraban estos libros los cuales se pedían y eran prestados por determinados días para así permitir su rotación.

Les diré que por supuesto contábamos con libros no permitidos, los cuales habían pasado la censura por venir "camuflados", podía ser un libro de Lenin con una tapa diferente, arrancada su primera hoja donde no estuviese el título. De este tipo de libros "camuflados" supimos tener varios. Otros pasaban la censura sólo por desconocimiento de quienes estaban encargados de la tarea. Se pueden imaginar que para nosotras eran un tesoro al cual debíamos cuidar muy bien. De quien los debíamos cuidar, de las requisas. Las requisas llegaban en cualquier momento y eran llevadas a cabo por personal de Penales, Inteligencia, entrenado para esta tarea específica. Que venían a buscar? Libros subversivos, anotaciones con información política o posibles planes de fuga, que en esa época ya era imposible realizar.

Llegaban, quedábamos inmovilizadas en cada celda y comenzaban a entrar en cada una buscando estas cosas. Sacaban todos los libros, los hojeaban uno por uno tratando de encontrar lo prohibido, las manualidades, los cuadernos con poesías y canciones, etc., etc.

Las únicas presas que quedaban en los pasillos eran las fajineras, o sea aquellas compañeras que ese día les tocaba estar con su celda abierta pues era el día que les tocaba lavar sus sábanas, repartir la comida, alcanzar una cosa de una celda a otra y por supuesto era la forma de charlar con las compañeras que estaban en las celdas.

Uno de esos días que llega la requisa, mi celda, que en ese momento era la biblioteca, estaba de fajina, o sea con la puerta abierta y nosotras caminando por las planchadas.

En esa época, una de las compañeras tenía a su hijo viviendo con ella, y una de las cosas que solíamos hacer era que quien estaba de fajina sacara de la celda al niño para que estuviese un poco más libre y también su madre pudiese descansar o estudiar. Recuerdo que cuando yo oí la palabra requisa, me puse mi poncho ya pensando en ocultar alguno de los prohibidos libros.

Salgo al pasillo y le digo al encargado de la requisa que soy de la fajina, a lo cual las funcionarias asienten, también les digo a las funcionarias si puedo ir a sacar al niño de la celda para que este afuera y no se asuste de que estén revolviendo todo. Me autorizan, lo saco de su celda y lo tomo en brazos. Para ese momento yo ya tenía varios libros debajo de mi poncho. Les diré que estuve paseando durante toda la requisa con el niño y llevando libros de una celda sin requisar a otra ya requisada. Nos parábamos en cada celda y las compañeras le hacían festejos al niño, lo cual distraía un poco a quienes buscaban material subversivo y seguíamos llevando libros de un lado al otro pasando entre los funcionarios de la requisa- De esta forma ese día logramos salvar varios libros muy queridos por nosotras.

El otro día cuando la compañera madre de ese niño, hombre y padre al día de hoy, me pidió si podía contar algo sobre ese día, no me sentí muy bien cuando recordé el hecho de verme paseando con el niño en brazos tratando de salvar libros- Claro que esto lo siento hoy, libre y a los 75 años.


Graziela